Algunas tribus indígenas habitaban el territorio y guerreaban entre sí; eran caníbales, comerciaban con carne humana y adoraban al diablo a quien llamaban Jijirama. Los animales salvajes y toda suerte de plagas, dominaban ese paisaje de árboles gigantescos y lianas trenzadas que hacían impenetrable la manigua.

Por: Fernando Macías Vásquez – Escritor Historiador – Director de La Revista

Fotografía: Reproducción de acuarela del pintor William Price y es la primera pintura que se conoce sobre Salamina.

Primera parte - La expedición

Al sur de Antioquia se encontraba el paraíso. Eran tierras fértiles e inexplotadas cubiertas por una compacta vegetación que ofrecía futuro y prosperidad a quien osara penetrarlas. La selva era espesa, repleta de peligros y llena de leyendas. Algunas tribus indígenas habitaban el territorio y guerreaban entre sí; eran caníbales, comerciaban con carne humana y adoraban al diablo a quien llamaban Jijirama. Los animales salvajes y toda suerte de plagas, dominaban ese paisaje de árboles gigantescos y lianas trenzadas que hacían impenetrable la manigua.

Hacia el norte, las tierras empezaban a agotarse. Fermín López, arriesgado y visionario titán, sabedor de esa utopía montañosa que como una inmensa mancha verde se extendía sobre altísimas montañas y descendía amenazante por profundos cañones por los que corrían cristalinos y rugientes ríos, desvelaba su febril imaginación con ímpetus colonizadores.

Madurado el sueño y tomada la determinación, el comandante reúne a su familia y allegados para plantearles el desafío de emprender un viaje desconocido y todos, acatando esa voz de trueno, lían bártulos, cargan con provisiones bueyes y mulas, algunos vacunos y el perro ladrador; el hacha y el machete van primero, la escopeta y la pólvora. Lista la pequeña caravana, se arrodillan devotamente, rezan el santo rosario y antes de que el sol saliera, empiezan a marcar camino desde el suroeste antioqueño, avanzando lentamente en una odisea que marcaría la historia de la patria y se convertiría en la más importante epopeya colonizadora de todas las américas.


Y comenzaron a pasar los días, fueron aprendiendo de memoria el canto del tucán, el rugido de las fieras, a entender los silencios de la selva; se dejaron acompañar del bello trino de los pájaros, a presentir el sendero de las sierpes, se embelesaron con la majestuosa catedral vegetal de estoraques, cedros y ensenillos, vadearon humedales, abismos, cañadas y, enfrentaron el frio y esos huracanes que parecían desarraigar árboles centenarios. Cansancio, sudor y ese empujar hacia adelante abriendo trocha, bordeando precipicios y oteando distancias sin claudicaciones, hasta que un día, la intuición del fundador, quien parado sobre un inmenso muñón de árbol que acababa de vencerse, ordenó sembrar la simiente de una población que llamarían Salamina.

Levantaron el primer cobijo, descansaron hombres, mujeres y niños; los bueyes se echaron mansos sobre el suelo alfombrado de líquenes y de siglos, las mulas retozaron alegres, el perro marco su territorio y el primer fogón estable chisporroteo gozoso guisando el condumio para alimentar la tropilla. El propio Fermín, elaboró una cruz de madera que plantó en el centro del abierto y elevando una oración de gracias, sin perder un solo instante, impartió olas primeras órdenes, para iniciar al día siguiente la apertura del lugar donde se construiría la primera parte de una historia que ya cumple doscientos años.

Ese lugar paradisiaco de tierras sosegadas, se conoció como Sabanalarga y estaba bañado por cristalinas fuentes de agua. Trazada la plaza principal, se edificó un pequeño oratorio en que que se reunían todas las tardes los piadosos colonos a dar gracias al creador, luego, poco a poco, fueron apareciendo las primeras casas de vara en tierra para albergarlos y como un milagro, brotaron de ese suelo fértil, las primeras plantas de pan coger: maíz, frijol y reventaron agradecidas, matas de yuca, arracacha y plátano, de simientes traídas por ellos como un tesoro.

Se trabajaba con denuedo, se amaba y se rezaba. Cada noche un sueño nuevo, cada amanecer una esperanza. Como centro de todo, ese Fermín, de brazos indomables. Futurista, sembrador, sabio y ponderado; con don de gentes y figura de coloso. Todo lo sabía y todo lo enseñaba, conciliador y juez, ordenador y obediente, jefe y padre.

Así, Fermín López, Pablo López, Manuel López, Juan José Ospina, Carlos Holguín, Francisco Velásquez, Nicolás y Antonio Gómez Zuluaga, José Hurtado, José Ignacio Gutiérrez, Nicolás Echeverri, entre otros y sus mujeres, Ana Josefa García, Trinidad Albares Mesa, Micaela Delgado y Manuela Villa, estaban escribiendo sin saberlo, una de las páginas más brillantes de Colombia, empezaron la siembra de más de cien poblaciones que se diseminarían por toda la geografía de la patria.

Se colocaba entonces el primer mojón para iniciar doscientos años de la colonización del sur de Antioquia, que estamos próximos a cumplir.

Acuarela al tamaño original

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