La Revista Fetac

Se reinicia el peregrinaje: Salamina tiene que coronar la cordillera.

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Se reinicia el peregrinaje: Salamina tiene que coronar la cordillera. A don Fermín nada lo detiene, viaja en busca de la luz. La traslación.

Los ranchos de vara en tierra ya eran casas consistentes a las que llegaba el agua por conducciones de guadua. Se habían construido los corrales y dotado los hogares con rustico, pero eficiente moblaje.

Por Fernando Macías Vásquez – Escritor – Historiador

La manigua comenzó a ceder. La rosa se fue ampliando poco a poco, las espigan luchaban por sobresalir, la huerta de pan coger producía lo suficiente para alimentar la colonia, los caminos como una gran telaraña comenzaban a marcar el progreso, las aves de corral se multiplicaban garantizando las cuarenta gallinas para la dieta de las mujeres y los vacunos exhibían una importante ternerada. Los ranchos de vara en tierra ya eran casas consistentes a las que llegaba el agua por conducciones de guadua. Se habían construido los corrales y dotado los hogares con rustico, pero eficiente moblaje.

 

Diariamente, al caer la tarde, don Fermín reunido con su consejo familiar, proponía, divagaba y acordaba, en medio de meditaciones profundas, el futuro de su fundación, porque él era el oráculo, el Moisés que acaudillaba aquella arriesgada peregrinación. Pasaron algunos meses y el comandante, les explicó las visiones que había tenido, todo lo que el dios de los caminos le presagiaba. La noche anterior, el canto de la lechuza y el aleteo de una mariposa negra le auguraron violentas tormentas y escabrosos días para quienes permanecieran en esos predios ya fértiles. 

 

Don Fermín era indómito e infatigable. Sin pensarlo dos veces, ordenó reemprender la marcha en busca de otros territorios que no cubriera la sombre aciaga de la compañía González & Salazar propietaria de esos terrenos. Sabanalarga comenzaba a quedar atrás. Nuevamente el camino, la trocha, el descuajar de la selva el andar cansino de los bueyes y el capitán adelante, manso a pie y arrogante a caballo. Fueron otros anocheceres y varias auroras, se repitieron los cansancios, el aupar de las acémilas y el crujir de los árboles derribados para abrir el camino.

 

Adelante los baquianos, luego las mujeres y en los sobernales acomodados en sillas de madera los más pequeños. Pero de pronto, al coronar una empinada cuesta, don Manuel conferencio largamente con don Fermín y entonces el líder anunció su determinación, habían oteado a Encimadas al otro lado de la profunda hondonada del Rio Chamberí. La cumbre era hermosa y entonces iniciaron el descenso, la última estación del camino se produjo precisamente al lado de esas aguas limpias y turbulentas.

 

El éxodo parecía terminar. Alcanzada la montaña, se inició el derribo de los árboles. El paisaje era infinito. El bastimento aprovisionado garantizaba el condumio mientras se producían nuevas cosechas. Don Fermín repitió nuevamente el ritual, consagrando al supremo creador esos terrenos y de inmediato iniciaron la construcción del caserío, todo era alborozo. Con febril entusiasmo fue repartido el trabajo, se organizó el establo, los corrales para las aves, la despensa, los primeros ranchos y por fin, pudo verse cómo se elevaba el humo vivificante, anuncio de la naciente fundación.

 

Por allí se cruzaban los caminos que unían a Marmato, la colina de oro encantada, sobre el rio Bedrunco (Cauca), con Honda sobre el Magdalena, el rio tutelar de la patria y, el transitado trillo que empalmaba a Medellín con Popayán. Y comenzaron a brotar como un milagro, espigas y animales, a florecer plantíos y los hijos crecían fuertes mientras nuevos retoños alegraban las familias que se hacían numerosas. Y empezaron a llegar otras gentes atraídas por el clima y la abundancia. Se fue poblando la montaña. En noches de luna, terminada la faena, se iniciaba el cabildeo, era necesario dar orden a la aldea y don Juan José Ospina, propuso discutir el nombre, se habló del santoral, de nombres de otras poblaciones, hasta que al fin, se impuso el de Salamina que rememora la batalla sucedida en Grecia 480 años antes de Cristo, cuando Temístocles venció al gran general Jerjes I. Santander, el hombre de las leyes, encargado del poder ejecutivo, el 8 de junio de 1825, estampa su firma sobre un bello pergamino, dando vida jurídica a la población.

 

Pero hábilmente escondida en medio del monte, la rapaz compañía González & Salazar no escatimaba leguleyadas para incomodar a los colonos. Don Fermín fue el primer alcalde, el primer urbanizador, el primer ciudadano, el primero en todo. El cultivo y la ganadería eran promisorios, pero el conflicto con Juan de Dios Aránzazu plantea nuevos problemas sobre el territorio ocupado por los colonos. En 1833 un tribunal falla a favor del Señor Aránzazu, lo que obliga a emprender un nuevo viaje al negarse Don Fermín a permanecer como arrendatario o agregado. Iniciado el pleito, Don Fermín, reunió a los fundadores para definir el camino a seguir, discutiendo dos posiciones: enfrentar a la Compañía, o, emprender nuevamente el herrabundaje buscando otra región sin líos jurídicos. Por mayoría, se definió reemprender el camino.

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