La Revista Fetac

La gran belleza arquitectónica de nuestras casas campesinas

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Las viviendas rurales están muy integradas al paisaje circundante y, por ello, permiten su disfrute y relación casi desde cualquier parte del inmueble.
Belleza y fortaleza que nosotros hemos tenido la fortuna de conocer en cada rostro, cada vereda, cada camino y cada río en donde nos hemos cruzado. De esa forma, tal vez algún día alcancemos a devolverles parte de lo que tanto les debemos todos los colombianos.

Credito Destino Café

Una característica particular de las viviendas rurales tradicionales en los departamentos de Antioquia, Caldas, Quindío y Risaralda es el trabajo ornamental de sus fachadas y del interior de sus recintos, en el que se destaca el trabajo de la madera en puertas, ventanas y balcones y también en calados y celosías finamente trabajados. A ello se añade el empleo de colores vivos y contrastantes que completan el cuadro de los valores estéticos de esta arquitectura.

Lejos de ser uniforme, la ornamentación de las viviendas se particulariza en cada subregión e incluso en cada localidad de esta gran región cultural. En este sentido, se encuentran valiosos ejemplos, en especial en Belén de Umbría –Risaralda; Salamina y Neira en Caldas; y Calarcá, Salento y Filandia en Quindío, amén de muchas otras zonas rurales que aún conservan parte de su arquitectura tradicional.

Este trazado, que aprendieron los colonos en sus pueblos de la vieja Antioquia, se vuelve singular en el Paisaje Cultural Cafetero debido a su adaptación a las montañas de gran pendiente y de topografía quebrada y sinuosa.

Zaguanes, patios y corredores, decorados con flores, pájaros y aromas silvestres, caracterizan los pueblos de la colonización Antioqueña que hoy integran el Paisaje Cultural Cafetero.

A los capesinos de Colombia Gracias

Sin proponérselo, se volvieron tendencia en redes sociales. Llevaban años diciendo lo mismo. Las organizaciones e individuos que multiplicaban sus palabras también llevaban años amplificando su voz: “Nosotros los alimentamos. En nuestros territorios sembramos y cosechamos lo que llega a las mesas de sus hogares. Y no vamos a dejar de hacerlo”.

En las ciudades, por fin los oímos. Por fin entendimos el significado profundo de aquel mensaje. Ya no importa si fue necesaria la mayor crisis planetaria que haya conocido nuestra generación para hacernos caer en cuenta del escenario que traería como consecuencia un probable desabastecimiento de alimentos. El hecho es que entendimos finalmente la sencilla premisa que los campesinos colombianos trataron de hacernos comprender durante décadas.

¿Por qué no les prestamos atención antes de la presente crisis? Aunque esa es una respuesta que cada cual se debe a sí mismo, no debería ser difícil reconocer como sociedad que era necesaria la empatía hacia el temor a la pérdida a la cual nos ha obligado la actual pandemia. ¿Entonces así es vivir en constante vulnerabilidad? ¿Así es el miedo y la impotencia cuando se instalan en nuestras comunidades, en nuestro lugar de trabajo y en nuestras casas? ¿Así se siente la angustia diaria ante la posibilidad de perderlo todo? ¿Así la desazón de sentirse ignorado por mis gobernantes?

Sin embargo, entender ese mensaje (“Nosotros los alimentamos”), es apenas el primer paso para pagar nuestra deuda histórica con los hombres y mujeres del campo colombiano. Porque es nuestra deuda también. De todos y cada uno de quienes nos hemos nutrido de los productos que extrajeron de la tierra las manos incansables de los labriegos que durante décadas han transformado las montañas y planicies de Colombia en un paraíso de árboles frutales, arados fértiles y cultivos variopintos.

El segundo paso para pagar nuestro débito con el campo lo estamos dando hoy. No somos los únicos en haber expresado en mayúsculas y entre signos de admiración nuestro eterno agradecimiento. Esta sencilla pero significativa causa de dar gracias, aunque impulsada por las organizaciones e individuos comprometidos con el clamor campesino, alzó vuelo en el discurso nacional con la facilidad de un chasquido.

Comprendido el mensaje, sentimos que no hubo corazón que no cediera al impulso de volcar su mirada hacia la labor de los miles de campesinos y campesinas que integran esa cuarta parte de la población que habita nuestra geografía rural. Aquellos que durante la presente crisis, y muy a pesar de las dificultades en las que se enmarca su labor productiva diaria, no se sentaron a pensar solamente en sí mismos y tuvieron el coraje y la generosidad de prometerles a sus compatriotas que no les iban a dejar solos, y que la comida, ese tesoro natural del que hoy como casi nunca fuimos tan conscientes, no iba a faltar en sus mesas.

Haciendo eco al coro de millones, en el cual nos incluimos sin dudarlo en medio de estos tiempos difíciles para toda la nación, exclamamos y seguiremos haciéndolo: ¡GRACIAS, CAMPESINOS Y CAMPESINAS DE COLOMBIA!

Eso sí, nuestro agradecimiento no es más que un alto efímero en el camino. Cerrada la exclamación, de inmediato nuestro compromiso con ustedes continúa su labor. Igual a como hemos venido haciéndolo desde el primer día de nuestra iniciativa, seguiremos resaltando la importancia del campo que nos alimenta, así como la urgencia de la implementación de los Acuerdos de Paz y de la Reforma Rural Integral. Sin olvidarnos, claro está, de subrayar siempre la belleza y la enorme fortaleza de sus comunidades. Belleza y fortaleza que nosotros hemos tenido la fortuna de conocer en cada rostro, cada vereda, cada camino y cada río en donde nos hemos cruzado. De esa forma, tal vez algún día alcancemos a devolverles parte de lo que tanto les debemos todos los colombianos.

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