paisaje_cultural_cafetero

Terciaron sus bueyes con lo que les era indispensable y el tiple de sobernal. En la tarde, se templaban las toldas al son de los bambucos y con amor se alistaba el campamento. Después de entonar una plegaria y a la luz de un viejo candil se iluminaba la palabra que con silabas de oro acordaba la bitácora siguiente reunido el consejo familiar y muy temprano con los primeros trinos de la aurora se reinicia la jornada.

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Por Fernando Macías Vásquez – Escritor – Historiador

Y se reinició el peregrinaje. Tejer caminos nuevos fue el primer desafío; romper la selva para sembrar futuro implicaba un esfuerzo de titanes, se ponía a prueba la potencia de los brazos, el premonitorio sentido de la orientación, avivar el ojo y el oído, pero sobre todo una obstinada voluntad. Lentamente avanzaba la caravana por la milenaria y enmarañada jungla infestada de reptiles animales ponzoñosos y descomunales fieras, Fermín López era el primero, le seguían José Hurtado, sus familias y peones; se necesitaban suficientes arrestos para enfrentar la trocha desafiante, más al sur hacia el Estado del Cauca, las guerras civiles habían dejado muchas tierras disponibles, alejadas de la insaciable compañía González y Salazar.

Terciaron sus bueyes con lo que les era indispensable y el tiple de sobernal. En la tarde, se templaban las toldas al son de los bambucos y con amor se alistaba el campamento. Después de entonar una plegaria y a la luz de un viejo candil se iluminaba la palabra que con silabas de oro acordaba la bitácora siguiente reunido el consejo familiar y muy temprano con los primeros trinos de la aurora se reinicia la jornada. Mientras las mujeres preparaban el primer alimento del día, chocolate negro y arepas de “sancochao” y las viandas para cuando avanzara el camino, los arrieros cargaban los rumiantes con un equipaje de ilusiones y con jaculatorias ajustaban las silletas para trasladar a los menores; en las mulas el bastimento y con mucho cuidado las semillas y esquejes de árboles y plantas. Por el camino la carne de monte era abundante cazada con sus escopetas de fistol.

Lentamente pasaban los amaneceres repletos de esperanzas, los cansancios de las tardes y las afujías del día, vertiginosos descensos y empinadas cuestas hasta la cresta de las montañas por entre la maraña impenetrable, sin descanso, hasta llegar al rio Guacaica que los expedicionarios identificaron como el caudaloso Chinchiná, al que atravesaron esforzadamente, estableciéndose allí por algunos meses, para continuar subiendo hasta lo más alto donde encontraron un lugar propicio para establecerse en el llamado morro de Sancancio, insomne mirador, atalaya verde, procediendo de inmediato a realizar el “abierto” y los primeros improvisados ranchos de vara en tierra para instalar a sus familias, disponiéndose a continuación la siembra de productos de pan coger y a construir las incipientes huertas caseras que garantizaran la seguridad alimentaria para los expedicionarios. Parecía que habían llegado a la tierra prometida y que se encontraban fuera del enorme latifundio en litigio con Gonzalez & Salazar, corrían los años 1834 – 1837.

La brisa y el sol se encargaban de la huerta: brotaba el maíz y el frijol; la arracacha y el plátano mostraban su fertilidad, las gallinas habían empollado y los cerdos se multiplicaban, el cilantro, la cebolla, el apio, el ají y las guasquilas, el limoncillo, el apio y la yerbabuena, crecían feraces. Ya tenían un cobijo cómodo y exorcizada la manigua, agua abundante que llegaba por conducciones de guadua y la selva había cedido un importante trecho a los colonos. Fermín, soñaba con otra fundación y su larga odisea parecía haber terminado.

Salamina ya era centro y matriz de la colonización, a la que recurrían los colonos de la provincia para aprovisionarse, por lo que en uno de los viajes de Fermín a Salamina con ese objetivo, es enterado se su equivocada localización que lo ubicaba aun dentro de los límites de la compañía Gonzales & Salazar que lo seguía como la sombra, por lo cual, haciendo caso omiso a diferentes opiniones en torno a su permanencia en Sancancio, decide abandonar su dehesa y emprender camino más al sur, tomando rumbo hacia Cartago Viejo donde fueron recibidos con inmenso alborozo y muestras de apoyo por parte de sus pocos habitantes, para que emprendiera la fundación de un nuevo pueblo, lo que fue rechazado por Fermín que quería tomar distancia de los conflictos bélicos de aquellos años.

Trasegando como otro Moisés en busca de la tierra prometida, acelera su arrancia y con las familias que lo acompañan, inicia la apertura de otro campo para instalarse en Santa Bárbara entre la quebrada Santa Rosa, la colina del Rosario, el cerro de Monserrate y el río San Eugenio, planicie bella y embrujada de verdes eléctricos, punto apropiado para vivir gracias a las bondades climatológicas, la abundancia de agua y la fertilidad en el suelo.

Así se daba inicio a la fundación de Santa Rosa contando con el apoyo del gobierno liberal de Buga. Fermín López ya era un patricio octogenario; con esa determinación abre el camino a los exploradores del Quindío y del norte del Valle del Cauca, por consiguiente, puede decirse que fue el portador de la semilla de pueblos que germinó en el occidente colombiano. El 28 de agosto de 1844 el último presidente centralista de la República de la Nueva Granada Pedro Alcántara Herrán Martínez de Zaldúa, expide la ordenanza por la cual el poblado de Santa Rosa se incorpora al Estado Soberano del Cauca.

IV Poblamiento del occidente colombiano.

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